Este cuento obtuvo el Premio Juan Rulfo de París 2005, con un jurado compuesto por: Arnaldo Calvegra, Eduardo Barti, Luis Sepúlveda, Waldo Rojas, Miquel Barceló, Claude Fell, Mercedes Iturbe, Rubén Bareiro Saguier, Fernando Carvallo y Ramón Chao.
Dice José Ovejero en la contraportada: “En este cuento, Pedro de Isla no recurre al truco fácil del suspense para captar nuestra atención. La catástrofe parece haber sucedido ya, desde el mismo título. Papá se ha pegado un tiro y la niña, testigo rabioso de ese viaje hacia un nuevo mundo que es sólo un espejismo, nos va a contar con detalle cada uno de los desengaños y de las decepciones que han ido urdiendo ese destino. En realidad, la tragedia es previa al disparo; el padre se ha pegado un tiro porque la emigración no resolvió ninguno de sus problemas, más bien al contrario, fue mostrándolos en toda su falsedad. Con habilidad, con precisión, Pedro de Isla da voz a esa niña que relata el pasado porque el futuro para ella, como para el padre, no existe. Pero el autor, tan eficaz como honesto, no nos consuela con el regreso al paraíso que tranquilice al lector; nada nos tranquiliza en este cuento, y esa es precisamente la literatura que necesitamos hoy”.
Fragmento (inicio):
Papá se pegó un tiro hoy a las 6:52 de la mañana
y lo dejé desangrarse hasta que murió, antes del mediodía.
Sé la hora exacta en que se disparó porque estaba acostada en mi cama, cubierta por tres raídas cobijas y con un ojo abierto, vigilando los enormes números rojos del reloj despertador donde avanzaban rápidamente los minutos, acercándose sin remedio la odiosa hora de levantarme para ir a la escuela.
Lo que me hizo levantarme no fue el paso de los minutos, ni siquiera el disparo, sino el golpe seco de su cuerpo contra la madera del piso de su cuarto, justo al lado del mío.
He intentado en este rato recordar el sonido de la descarga saliendo de la escopeta, pero no lo consigo. Quizá fue tan fuerte y repentino que no lo ubiqué de inmediato y lo dejé disolverse entre las angustias de la mañana. Poco importa. Quedarme con una nueva grieta en mis recuerdos no cambiará nada. Es sólo que una no quiere vivir con esa sensación de ausencia. Suficiente tengo con la que me acaba de dejar papá como para, además, cargar las de mi memoria.
Cuando entré, lo vi tirado junto a su cama, boca arriba, sobre un gran plástico azul y una silla volcada a su lado. Primero creí que se tropezó y estaba lastimado. Luego me topé con la escopeta y con una mancha de sangre que comenzaba bajo él y seguía el desnivel del piso hasta llegar a un rincón del cuarto, ése donde colocaba el bote de la ropa sucia que ahora estaba a mitad de la recámara.
Así me di cuenta de lo que realmente pasaba. Hasta para matarse intentaba dar la menor molestia. Estoy segura de que pensó en evitarle un trabajo extra a quienes terminarían recogiendo el lugar, no solamente por el plástico sobre el piso sino porque conocía su desnivel y sabía hacia dónde correría la sangre. Como si la limpieza alrededor de su acto sirviera para limpiar su conciencia y atenuara mis problemas.
Me acerqué despacito, segura de que había logrado su objetivo. Era muy metódico y nunca improvisaría un asunto tan importante. Muchos intentan matarse pero no lo logran o no lo buscan con sinceridad: hacen una última llamada o usan métodos poco efectivos, como las pastillas. En cambio, el verdadero suicida, el que no va a dejar opción a la duda o al rescate milagroso, necesita una gran determinación y planea bien su muerte porque de lo contrario puede terminar con un buen moretón en el cuello, deforme, lisiado o en estado de coma, y eso es peor que su propio fallecimiento. Es como cargar con una marca en la cara que diga “no sirvo para nada, ni siquiera para morirme”.
El cuento también aparece en Norte, una antología:
Como curiosidad, hay una edición digital que nunca circuló: