El libro con más proyección hasta hoy, escrito durante mi segunda estancia en el Centro de Escritores de Nuevo León.

 

Dice en la contraportada David Toscana: “En 1977 ocurrió en Monterrey uno de esos asesinatos que se vuelven mucho más que in asunto policial. Tras un torpe intento de violación en el que una muchacha había muerto y otra quedó herida, la sociedad se dividió, la ciudad exhibió su xenofobia, al vieja moral se tambaleó, se desmoronó el monolito de la gente bien, a prensa tomó la decisión de informar detalles que muchos nos estaban conocer. ¿Por qué hay crímenes que ocupan dos días las páginas rojas y otros que permanecen en la historia y en la conciencia de una ciudad? La pregunta no tiene respuesta más allá de la especulación. Quizás por eso mismo deja de ser materia periodística para volverse asunto novelesco.

“Con LOS ANDAMIAJES DEL MIEDO, Pedro de Isla teje una sagaz narración que no va tras la sangre, sino tras el alma de las cosas. En sus páginas, somos al mismo tiempo testigos de un homicidio y de las huellas que ha dejado; contrastamos nuestro presente con un pasado que no parece muy remoto y que, sin embargo, marca un sinfín de diferencias; exploramos nuestra propia conciencia y, tal como en los viejos básicos, no hallamos en el crimen y el castigo los colores bien definidos del mal y de la justicia”.

 

Fragmento (capítulo 4):

4

La mañana necesita tejerse un suéter.

No debería parecer raro tratándose de los días que cierran el mes de enero, aunque en esta ciudad el clima ha estado muy raro estos últimos años. Apenas unas horas antes estuviste platicando en la oficina sobre la ola de calor que se pronosticaba para el fin de semana y de repente te despierta el frío colándose por la ventana de tu recámara.

Te levantas a cerrarla y regresas a la cama. Ya no puedes dormir. Tapas tu cabeza con una almohada buscando recuperar un sueño que no recuerdas pero, por tu excitación, debió ser placentero. La respiración agitada de Marcela, tu mujer, te obliga a voltear a verla. La mueves con cuidado, intentando que se normalice. Al cuarto intento desistes. El embarazo la tiene muy alterada. Pasó lo mismo con el primero. Entonces la veías muy alegre aunque dormía mucho y comía poco. Ahora duerme mucho, come mucho y se enoja más. No le gusta que sigan viviendo en casa de tus padres. Cada cierto tiempo encuentra la forma de reclamártelo y no entiende tus explicaciones sobre un futuro más holgado con lo que van a ahorrarse en rentas durante los primeros años de matrimonio. Además, tienes el secreto deseo de quedarte algún día con esa casa familiar que aún compartes con tu hermana. Tu esposa reclama que ya son muchas personas conviviendo ahí a diario y ahora viene una más.

Una. Hace muy poco te enteraste de que era una y no el varón que esperabas ilusionado, ese que quiere tu padre y el que necesita el apellido porque en la familia están sólo tu hermana y tú, no hay ningún varón en la descendencia y eso hay que remediarlo.

Una.

Es una.

Entonces vuelves a pensar en cómo le harás para convencer a tu mujer de buscar un tercer hijo o un cuarto o los que sean necesarios, hasta tener a quien perpetúe el linaje, porque no es cosa menor que dentro de cuarenta años se junten los primos y todos pertenezcan a distintas ramas sin que subsista al menos una parte del tronco principal.

Te das vuelta en la cama y ves a tu mujer dormida. Del fondo de su garganta surge un ruido leve, presagiando un futuro ronquido que seguramente no llegará hoy ni mañana sino en unos años más, cuando se agote el brío en la piel y en su carácter, cuando pasen más tiempo dormidos que abrazados, cuando sueñen en lo que hicieron y no en lo que puedan hacer el siguiente fin de semana. Sientes cómo ese susurro opaco presagia el trotar de las hojas.

La recámara está fría. Sales de tu cuarto, te pones los lentes de arillo metálico dorado y caminas rumbo a la cocina. Conoces la casa de memoria. Ya no juegas a atravesarla con los ojos cerrados como hacías con tu hermana cuando eran pequeños. Entonces eras capaz de acercarte al borde de los muebles y dar un giro justo frente a ellos, sin rozarlos siquiera. Era tu casa.

Ahora hay cosas que no puedes controlar, como los juguetes de tu hija Marcelita y las cosas que tu mujer agregó al mobiliario cuando se casaron. Es probable que la atravieses sin chocar con un mueble, pero has perdido la confianza para intentarlo. Y eso no tiene remedio.

Por la ventana de la cocina entra un poco de luz desde la farola en la calle. Tomas el periódico del día anterior y lo hojeas con el mismo desgano con el que separabas las tortillas de maíz cuando de pequeño tu madre te ponía a hacerlo para que no se enfriaran todas juntas y se pegaran irremediablemente.

Es un trabajo de niñas, repetías al observar enojado a tu hermana desaparecer entre las paredes blancas de la casa y refugiarse en su cuarto a jugar a casar a sus barbies con alguno de tus valientes soldados. Cerraba la puerta y tú tardabas en rescatarlos. A veces terminaban sentados alrededor de una minúscula mesa donde ella partía un diminuto pastel y lo distribuía en platitos de plástico rosa con adornos blancos. Entonces tú los tomabas por la cabeza, corrías al baño y los remojabas con fuerza hasta convencerte de que ya no quedaban evidencias de esos perversos juegos de mujeres. Tus hombres de acción eran eso, hombres, y no estaban destinados a jugar a las comidas ni a sentarse a departir con un pedazo de pastel de chocolate cubierto de fresas.

No quieres recordar esas cosas. Das vuelta a las páginas del periódico. Algunos días siguen apareciendo notas sobre la muerte de Mao. Te fastidian tanto esos artículos como la luz que se refleja en tus lentes. Eso del presidente chino debió desaparecer de las noticias hace meses pero los periódicos insisten en publicar más y más asuntos sobre él y su viuda.

Sigues buscando algo que te llame la atención. La cartelera tampoco te atrae. No eres cinéfilo pero te has visto obligado a ver muchas películas los últimos meses porque ahora tu mujer no puede caminar mucho y prefiere ir ahí para distraerse un poco. Estás harto del único cine de la zona. Llevan semanas con la misma película y Charlton Heston no es tu actor favorito. Ves el anuncio del estreno de un film de ciencia ficción para la siguiente semana y comienzas a idear excusas para convencer a tu mujer de ir a ver algo diferente porque ella prefiere las tramas sencillas y dulces. Tú ya no soportarías ni una más de esas historias. Sabes que por imposición ella irá contigo pero aspiras a convencerla con argumentos.

Además, hoy no puedes salir con ella. Tienes una carne asada con buena parte de tus empleados. Se la prometiste a los vendedores apenas el lunes y se entusiasmaron cuando añadiste que la oficina pagaba los gastos. Estuvieron muy contentos cuando aprobaste un presupuesto con el cual han planeado más de una vez las compras.

Lo que no está seguro es el lugar. Ellos ya te comentaron que les gustaría hacer la reunión nuevamente en tu casa pero no quisiste darles una respuesta porque sabes de las objeciones de tu mujer y de tu hermana, pero sobre todo te importan los razonamientos de tus padres.

Piensas que a ti tampoco te conviene hacerla ahí: cuando todos se vayan contentos a descansar a sus casas, tú, el jefe de esa pandilla de buenos para nada, terminarás limpiando el patio hasta muy altas horas de la noche, recogiendo un montón de platos desechables, botellas de cerveza a medio consumir y servilletas que envuelven gruesos pedazos de grasa sin masticar. Ya lo hiciste en una ocasión y para ti fue más que suficiente.

En lugar de eso, tienes pensado regresar a la casa muy tarde. Necesitas quitarte de encima estos primeros días del año. Siempre es lo mismo: pasadas las fiestas navideñas tardas mucho en recuperar el ritmo. Sabes que eso deberías dejarlo para los viejos y tú no lo eres, pero a veces así te sientes.

En lugar de recoger platos sucios, lo que harás será divertirte y regresar a la casa de tus padres y de tu nueva familia a una hora cuando necesites ponerte de nuevo ese suéter que ahora le endilgas a la mañana. Para eso eres el jefe, al que se le debe de obedecer siempre, en la oficina, en la casa y en donde sea.

Sí. Llegarás cuando y como lo decidas. Entrarás en tu recámara a una hora en que tu mujer esté dormida, como sucede ahora, y del fondo de su garganta surja ese ruido leve que ya presagia un futuro ronquido.

 

Algunas notas al respecto:

Canal 12, previo a la emisión de la entrevista:

Entrevista completa:

 

Info7:

 

Mandela:

 

El norte:

https://www.elnorte.com/aplicaciones/editoriales/editorial.aspx?id=104141&po=2

https://www.reforma.com/aplicaciones/articulo/default.aspx?id=1035418

 

Proceso:

“Los andamiajes del miedo”, un crimen que desnuda Monterrey

 

Hora cero:

Un crimen que no se olvida

 

El horizonte:

http://www.elhorizonte.mx/escena/los-andamiajes-de-pedro-de-isla/1758910

 

ScriptaMty:

Los andamiajes del miedo

 

Ivaginaria:

La vieja tradición de matar y aventar cuerpos femeninos…

 

Univ. veracruzana:

 

https://www.goodreads.com/book/show/33125691-los-andamiajes-del-miedo

 

https://loslibrosdejean.blogspot.com/2017/03/los-andamiajes-del-miedo.html

 

https://www.assesor.com.mx/single-post/2017/09/08/JUICIOS-Y-PREJUICIOS